
Josefina Salomon, delegation member, at memorial wall for those killed or 'disappeared' in Chile ©Amnesty International
En general, son pocas las cosas conocidas que dan escalofríos, especialmente si son aquellas de las que mucho se ha hablado, que han pasado hace tiempo y sobre las que se ha invertido mucha tinta.
Pero cuando uno mira bien, se detiene y observa, la realidad del pasado todavía da escalofríos, porque esta más cerca de lo que nos imaginamos.
Hoy tuve la oportunidad de viajar al pasado, un pasado con el como Argentina conozco pero que nunca viví. Este fue un viaje de treinta años, de la mano de alguien que convive con esa historia de la que otros leemos, todos los días.
En un auto hice el recorrido hasta aquel lugar nefasto, donde el miedo y el crimen de ayer se mezclan con la impunidad y esperanza de hoy. Ese lugar es Villa Grimaldi, uno de los tantos centros clandestinos de tortura, exterminio y desaparición que el régimen de Augusto Pinochet instaló alrededor de Chile durante los años más oscuros del país.
El camino desde el corazón de Santiago hacia lo que fue aquel centro del crimen y donde hoy vive un parque por la memoria, parece mucho más corto de lo que habrá sido para este hombre y para las mas de 5,000 personas que, se estima, fueron llevadas allí en los cuatro años que ese lugar estuvo en funcionamiento.
Dos sobrevivientes de aquel horror marcaron el camino, explicando los detalles del sufrimiento, la tortura y la desesperación que tantos vivieron. Aquel hombre y esa mujer hicieron un relato en tercera persona, aunque era claro que hablaban de sus propias vivencias.
Nos hablaron de la desesperación, del sufrimiento propio y del ajeno y de la importancia de saber que no estaban solos, que sus familias los buscaban, que en una mano compañera encontraban la esperanza que los mantenía vivos, aun cuando se sentían muertos.
En el recorrido, entre el pasto verde de noviembre y el perfume de las rosas que habrán sido testigo de todo aquello, se instala una celda de madera, un cubículo de 1×1m que en tantos años albergo a tantas almas y a tanto dolor. Es imposible imaginarse lo que alguien sentirá estando encerrado allí, sin saber pero tal vez imaginando el futuro que le esperaba, pero en mi mente se cruzan las palabras de un ex detenido de Guantánamo que un día me explicaba con la voz entrecortada lo que se siente estar encerrado, solo, durante meses en una celta del doble de tamaño. Lo único que puedo pensar es que no hemos aprendido nada.
Hoy poco queda de lo que Villa Grimaldi fue, pero en el aire, entre las edificaciones reconstruidas, las fotos de los que no sabemos donde están, los pedazos de azulejo que forman recordatorios de lo que allí ocurrió y los objetos que hoy son de museo se siente aquella historia que tantos hoy quieren olvidar.
Lo que ocurrió en Villa Grimaldi y en tantos otros centros de detención en Chile y alrededor de America Latina es un pasado que hoy convive con todos nosotros, con los que sobrevivieron, con los que hoy deben llorar a sus desaparecidos entre la falta de justicia y la amenaza del olvido y con los que, en tierras lejanas a estas, sufren hoy de los mismos delitos que otros inventaron entonces, de los crímenes de aquellos arquitectos del horror.
Villa Grimaldi es hoy un hogar para la reconciliación. Pero como dijo Mario Benedetti “el olvido esta lleno de memoria”. Si algún día perdemos esa memoria, en el momento en que esa historia deje de darnos escalofríos, o cuando aquellos no nos obliguen a actuar, sabremos que esos otros habrán ganado.
Josefina Salomón es encargada de prensa para las Americas de Amnistia Internacional.

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