Familias destrozadas por los bombardeos en Misrata

Malak Mostafa Shami sobrevivió al ataque que mató a su hermano y a su hermana. © Amnistía Internacional

Por el equipo de Amnistía Internacional en Misrata

Tras 36 horas de viaje haciendo frente al mar Mediterráneo en un inestable barco de pesca, llegamos a Misrata, ciudad donde prácticamente en todos los barrios, calles y hogares se ve y se siente el impacto de dos meses de asedio y de intensos bombardeos y combates.
Lo primero que fuimos a ver fue la zona residencial de Ruissat, situada al sureste del centro de Misrata. Aquí, el 13 de mayo, a la una menos cuarto de la noche, había caído sobre casas, calles y tiendas una lluvia de cohetes que había dejado tras de sí gran sufrimiento y destrucción.

Su’ad lloraba la muerte de su esposo, Hassan Mohamed Al-‘rouj, de 36 años y padre de tres hijos, que se dirigía a la mezquita cuando resultó herido de muerte por metralla.
Unos bloques más allá vimos los restos de un dormitorio infantil alcanzado por un cohete Grad ese mismo día a las doce y media de la noche. Safia Abdallah Shahit acababa de bañar a sus hijos –Malak Mostafa Shami, de cinco años; Mohamed Mostafa Shami, de tres, y Rudaina Mostafa Shami, de uno recién cumplido– y salió del cuarto para prepararles la comida.

Minutos después oyó una explosión y volvió corriendo al cuarto de los niños, en el momento en que hacía impacto en la casa un segundo cohete. Safia cayó al suelo y se hizo algunas heridas leves en la cabeza, las manos y los pies a causa de cristales rotos.

Tras oír una quinta explosión más lejos, se armó de valor y entró en el cuarto, donde encontró a sus hijos enterrados bajo los escombros. Contó así a Amnistía Internacional la horrible escena: “Estaba quitando los escombros, cuando vi a Rudaina, tumbada debajo de su cama: no tenía nuca, y había trozos de carne suya alrededor. Era un bebe; ni siquiera andaba aún. ¿Qué ha hecho para merecer esto?”

Sólo sobrevivió Malak, pero con heridas tan graves en la pierna derecha, que hubo que amputársela. Safia explicó a Amnistía Internacional que la familia, que había huido de su casa en marzo en busca de seguridad más al norte, en Zaroug, había regresado a Ruissat sólo unos días antes de este trágico suceso, cuando creyó que la zona era ya segura tras la retirada de las fuerzas partidarias de Gadafi del centro de Misrata a finales de abril.

Cerca de allí, en casa de la familia Sassi, comprobamos los daños causados por otro de los muchos cohetes Grad caídos en la zona el mismo día.

En el hospital, Lotfiya Shikshaka-Sassi, de 55 años y madre de seis hijos, apenas podía hablar, y era evidente que tenía mucho dolor. Asintió con la cabeza cuando su hija Faiza nos dijo que un cohete había explotado en el patio de su casa, cuando la familia se encontraba en ella, alrededor de la una menos cuarto. La metralla había penetrado en la casa, y Lotfiya presentaba una herida muy profunda en el abdomen y múltiples heridas en las piernas. Su hijo de 30 años, Mohamed, había sufrido heridas en las piernas y los brazos.

Ni un solo edificio de la calle Trípoli ha quedado intacto. © Amnistía Internacional

Visitamos la ahora tristemente famosa calle Trípoli, donde se libraron durante semana encarnizados combates entre las fuerzas de Gadafi y las de la oposición. Las primeras se retiraron finalmente alrededor del 20 de abril.
La devastación es impresionante. No ha quedado un solo edificio intacto. Las tropas de Gadafi aparcaron sus tanques en edificios y en el mercado de verduras, sin duda para protegerlos de los ataques de la OTAN.
También tomaron posiciones en los edificios más altos de la calle, desde donde disparaban contra la gente de las calles y casas de alrededor.

Aunque la mayoría de la gente huyó de su casa, algunas personas quedaron atrapadas en sus hogares durante días, e incluso semanas, bajo fuego constante.

El 22 de marzo, las fuerzas partidarias de Gadafi atacaron una casa, en una bocacalle de la calle Trípoli, donde vivían, en una habitación alquilada de la azotea, el ciudadano marroquí Lashhab Mohamed Rijraji y su esposa, Khadija, junto con sus hijos: Safaa, de 11 años; Fatma El-Zahraa, de ocho, y Sa’id, de nueve meses.

Lashhab, de 33 años, fue alcanzado por los disparos y murió en el acto, pero la familia no pudo sacar el cadáver para enterrarlo hasta el 27 de marzo, pues la zona estaba rodeada por soldados de la fuerzas partidarias de Gadafi.

Esa misma noche, escaparon de allí, y ahora han encontrado refugio en una escuela junto con otras familias que huyeron también de los combates. La familia ha perdido todas sus pertenencias, incluidos los documentos de viaje.

No lejos de la calle Trípoli, en la zona de Yazira (al noroeste del centro de la ciudad), Ramadhan ‘Aajaj nos contó como su esposa y sus tres hijas –la gemelas de cuatro años y medio Rihan y Riyan, y Taqu’a, de uno – habían muerto cuanto trataban desesperadamente de huir de un edificio que estaba siendo bombardeado por los tanques de las fuerzas de Gadafi el 25 de marzo por la mañana. Explicó:

“Estábamos durmiendo, y eran la ocho de la mañana o así, cuando oímos el bombardeo al lado mismo del edificio; salí corriendo y llegué al patio, donde hubo otra explosión, y recibí metralla en todo el cuerpo. Me llevaron al hospital, y minutos después otro proyectil mató a mi esposa y a mis tres hijas cuando huían del edificio. Lo he perdido todo, a mis hijitas, a toda mi familia”.

El mismo Ramadhan resultó herido en el pecho por un gran trozo de metralla, y en todo el cuerpo por fragmentos más pequeños. Su vecina, Hanan, nos dijo que ella había salido corriendo de la casa, junto con la segunda esposa de su esposo, Khadija, y sus cuatro hijos, a la vez que la esposa y las hijas de Ramadhan. Explicó:

“Khadija llevaba a la, pequeñita, Taqu’a, en un brazo, y tenía a las gemelas a su lado. Salimos todas corriendo a la vez. Ellas delante. Al llegar al vestíbulo del edificio, junto a la puerta principal, explotó fuera otro proyectil, que alcanzó a Khadija y a las niñas.”

“Khadija tenia la piernas y la cabeza casi cortadas, y las niñas estaban hechas pedazos. Todas sufrimos heridas de fragmentos de metralla, pero nuestras heridas no son nada comparado con lo que les ocurrió a ellas. Gracias a Dios, estamos vivas. No podemos olvidar lo que pasó”.

En el edificio vimos metralla de proyectiles de tanque y mortero; habían sido alcanzados varios apartamentos, pero, afortunadamente las familias que los ocupaban se habían marchado.

En el curso de nuestra visita a los hospitales de Misrata, vimos también a varias personas que habían sido víctimas –en algunos casos mortales– del manejo imprudente de munición sin explotar, mortíferos restos de los combates librados en varias zonas de la ciudad.

El 12 de mayo, Mahmoud Abdel Latif, de nueve años, y su primo Aiman Abdel Latif, de 14, estaban jugando en el patio de su casa, en Maqasba, cuando el segundo recogió un objeto metálico del tamaño de un puño que le explotó en el acto en la mano.

Aiman Abdel Latif resultó herido al recoger en casa de su primo un objeto que era munición sin explotar. © Amnistía Internacional

Ambos primos sufrieron heridas de metralla en las manos y las piernas. A Aiman tuvieron que amputarle la mano derecha. La casa había sido utilizada como base por los thuuwar (revolucionarios, como se conoce aquí a los combatientes de la oposición) durante los intensos combates librados en el centro de Misrata en las semanas anteriores.

En el mismo hospital, Ali Mostafa Al-Gaed, de 24 años, se recuperaba de heridas sufridas cuando un proyectil de gran calibre de unos 10 cm de largo, según dijo, que su hermano Mohamed, de 22 años, había llevado a casa cayó al suelo en la sala de estar y explotó.

En el mismo hospital, Ali Mostafa Al-Gaed, de 24 años, se recuperaba de heridas sufridas cuando un proyectil de gran calibre de unos 10 cm de largo, según dijo, que su hermano Mohamed, de 22 años, había llevado a su casa cayó al suelo en la sala de estar y explotó. Los cuatro jóvenes que se encontraban sentados en la sala de estar su casa el 17 de mayo por la tarde –a saber: Ali; Mohamed; su hermano Hisham, de 19 años, y su primo Osama Ahmed Mani, de 30–, resultaron heridos. Por desgracia, Hisham murió horas después a causa de las heridas, y Mohamed se hallaba en estado crítico en el momento de redactar este texto.

En el patio principal del hospital, en la tienda de campaña que hace las veces de centro de urgencias, vimos a Mostafa Al-Sanky, niño de siete años que intentaba hacerse el fuerte mientras los médicos le vendaban la herida.

Su padre nos dijo que, el 5 de abril, tras retirarse las fuerzas de Gadafi del centro de la ciudad, había ido con él ver a ver la devastación de la calle Trípoli y que Mostafa había recogido un objeto que parecía un inofensivo proyectil ya explotado. El niño se lo había llevado a casa, y, cuando jugaba con él, había explotado, hiriéndole en la pierna. Le falta un gran trozo de tejido en la pantorrilla derecha, y aunque han pasado ya 12 días la herida no está en absoluto curada.

Mientras vuelve poco a poco la normalidad a Misrata –pues se vuelven a abrir algunas tiendas, se restablece la electricidad durante unas horas en algunas partes de la ciudad y regresan personas que habían abandonado su hogar mientras que otras se aventuran a salir en busca de familiares y amigos– se hace patente la magnitud de los graves efectos del asedio y los combates.

Solo nos queda esperar que la ciudad haya pasado ya lo peor. Pero el sin duda largo y tedioso proceso de cicatrización y reconstrucción no puede comenzar mientras continúe el asedio.

Más información
Desesperación y esperanza entre los heridos de Misrata (blog, 9 de mayo de 2011)
Misrata: Ciudad de lágrimas (blog, 21 de abril de 2011)
Misrata: La escalada del coste humano en una ciudad bombardeada (blog, 18 de abril de 2011)

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