Agresiones sexuales a mujeres en Egipto

Las agresiones a mujeres se han producido en lugares atestados de gente, como en la plaza de Tahrir
©Amnistía Internacional

Diana Eltahawy, investigadora de Amnistía Internacional sobre Egipto

Casi todas las muchachas y mujeres —independientemente de su edad, estatus social o forma de vestir— que han caminado por las calles o viajado en el transporte público de El Cairo han sufrido alguna forma de agresión sexual, verbal o física.

Esto no es una novedad. Durante años, en Egipto, los y las activistas en defensa de los derechos de las mujeres y otros colectivos han instado a las autoridades a que reconozcan la gravedad del problema.

Ha de producirse un cambio fundamental en las actitudes institucionalizadas que discriminan a la mujer.

Las autoridades egipcias deben introducir reformas legislativas, procesar a los responsables de estas agresiones y abordar las causas fundamentales, porque, hasta ahora, se ha hecho caso omiso de la difícil situación de las mujeres que han sufrido violencia sexual.

Se echa la culpa a las víctimas por vestir “de forma indecente”, o por atreverse a estar presentes en espacios públicos para “hombres”.

Los testimonios espantosos recogidos tras las protestas en conmemoración del segundo aniversario de la “Revolución del 25 de enero” han sacado a la luz la manera en que se han producido las violentas agresiones sexuales cometidas por turbas de hombres, pero rara vez han atraído la atención pública.

La iniciativa Operación contra la Agresión y el Acoso Sexual (OpAntiSH) ha sido creada por una serie de personas y organizaciones en defensa de los derechos humanos de Egipto para combatir el acoso sexual contra las mujeres en las inmediaciones de la plaza de Tahrir. El día 25 de enero de 2013, este grupo recibió noticias de 19 casos de ataques violentos contra mujeres.

Los activistas que lideran el grupo Shoft Taharosh (“Yo presencié un acoso”) contaron a Amnistía Internacional que habían intervenido en otros cinco casos, logrando así detener la violencia. Cuatro mujeres fueron agredidas en el interior de la estación de metro de Sadat, y otra detrás de la mezquita de Omar Maqram.

Los testimonios de las víctimas y de aquellas personas que trataron de impedir las agresiones evocan una imagen aterradora: víctimas rodeadas por decenas, si no cientos, de hombres que les arrancaban la ropa y los velos, les desabrochaban los pantalones y les manoseaban los pechos, pezones y nalgas.

En algunos casos, estos ataques se ajustan a la definición de violación, como es el caso de la penetración con dedos y objetos puntiagudos. Con frecuencia se producen luchas con cuchillos, barras de metal y palos en medio del caos, donde es difícil distinguir entre las personas que tratan de ayudar y aquellas que participan en la agresión.

Los y las activistas que coordinan los esfuerzos de rescate a menudo se ven expuestos a agresiones físicas y sexuales. Una integrante del grupo Shoft Taharosh contó a Amnistía Internacional que, al recibir la noticia de que se estaba produciendo una supuesta agresión, corrió hasta el lugar con otra activista.

Así nos relata los hechos: “Me apresuré al interior del círculo de hombres para tratar de salvarla; ellos me dejaron pasar. Una vez que estaba dentro, caí en la cuenta de que la persona que estaba sufriendo la agresión era mi compañera, y que el ataque del que se nos había informado era una estratagema para que acudiéramos al lugar, para intimidarnos y agredirnos… De repente, me estaban tocando los pechos, metiendo las manos dentro del sujetador, pellizcándome los pezones… Trataba de defenderme, y oía a mi compañera gritar. Ella tenía el pecho desnudo y le habían cortado el sujetador por la mitad… En medio de todo esto, nos insultaban y decían que éramos putas que nos lo merecíamos por meternos entre hombres… En cierto momento, llegué a sentir 15 manos encima… Alguien me agarró por la ropa y me arrastró por el suelo… Otro tipo me metió las manos en los pantalones.

El incidente tuvo lugar en la plaza de Tahrir, aproximadamente a las 20:30 del 23 de noviembre de 2012, durante las protestas contra la Declaración Constitucional del presidente Mohamed Morsi.

Afortunadamente, otras personas que se manifestaban lograron poner a salvo a las dos activistas en un hospital de campaña cercano. Llevaron a uno de los agresores que habían capturado a una comisaría de policía y, finalmente, a la oficina de la fiscalía de Qasr al Nil.

Esta mujer activista narra que los agentes de policía y el fiscal que se ocupó del caso la presionaron para que retirara la denuncia, y solamente accedieron con reticencia a presentar un informe policial cuando ella insistió con la ayuda de sus abogados.

Este tipo de respuesta es habitual y refleja la cultura de negación, inacción y, en algunos casos, complicidad por parte de los funcionarios del orden público, que no sólo no protegen a las mujeres de acoso y agresiones sexuales, sino que tampoco investigan debidamente las denuncias ni llevan a los responsables ante los tribunales. Dado que estos salen impunes, las agresiones violentas siguen produciéndose, tal y como ocurrió el 25 de enero de 2013.

Una víctima de una agresión violenta del 25 de enero en la plaza de Tahrir, voluntaria de la iniciativa Operación contra la Agresión y el Acoso Sexual, rompió el muro de silencio y vergüenza que rodea a tales agresiones y publicó su testimonio en Facebook.

Su estremecedor relato era muy similar a la situación descrita anteriormente.

Tras recibir la noticia de que se estaba produciendo una agresión sexual contra una mujer, cuando ella y una amiga se apresuraron a intervenir para salvarla, ambas fueron víctimas de un ataque.

Ella describe cómo se vio rodeada de manos que le arrancaban la ropa, la tocaban por todo el cuerpo, especialmente pechos y nalgas, y se introducían por los pantalones. Finalmente lograron escapar al entrar en un restaurante.

Lo que escandaliza particularmente es que estas agresiones sexuales cometidas por turbas de hombres tienen lugar en espacios públicos, en ocasiones a plena luz del día, con miles de testigos que, o no hacen nada, o se sienten incapaces de ayudar, o tratan de ayudar, con lo que se exponen a ataques violentos.

Yo estaba en los alrededores de la plaza de Tahrir entre las 18:00 y las 22:00 el 25 de enero, hora a la que se cometieron la mayoría de estas agresiones.

Era un escenario surrealista; por un lado, había personas bebiendo té y bromeando en las cafeterías de las inmediaciones de la plaza en un ambiente de extraña normalidad y, por otro lado, el hospital de campaña estaba envuelto en una nube de gas lacrimógeno cerca del lugar donde se producían las violentas confrontaciones detrás de la mezquita de Omar Maqram.

Un manifestante me llamó para advertirme de que no me acercara a la calle Talaat Harb, puesto que acababa de presenciar cómo una turba enfurecida acorralaba a dos mujeres. Pregunté a algunos médicos que se encontraban en la plaza si habían atendido a alguna persona víctima de una agresión sexual. Lo negaron y añadieron que los casos que se denunciaban en las noticias eran exagerados.

Ahora que el gas lacrimógeno se ha disipado y que las mujeres valientes han hablado, queda claro que no estaban en lo cierto.

Los y las activistas involucrados que tratan de combatir este fenómeno nos proporcionan varias explicaciones de su aparición: una cultura de impunidad cuando se trata de violencia contra las mujeres; oportunismo por parte de elementos delictivos en el clima actual de inestabilidad política; intentos sistemáticos de excluir a las mujeres de los espacios públicos y negarles el derecho a participar en los acontecimientos que están conformando el futuro de Egipto; y el escaso interés de movimientos políticos, autoridades y medios de comunicación.

Las autoridades anunciaron en octubre una nueva ley en materia de acoso sexual, pero nunca se llegó a aplicar. Parece que esta no es una cuestión prioritaria para las autoridades. En vez de eso, en una nueva Constitución aprobada en diciembre se hace referencia al papel de ama de casa de las mujeres, y no se prohíbe expresamente la discriminación de la mujer.

A pesar de la violencia, las mujeres egipcias no se rinden y siguen participando en las protestas.

Independientemente de los motivos, es hora de que las autoridades egipcias aborden las cuestiones del acoso sexual y de la violencia contra las mujeres, así como la discriminación crónica y sistemática a la que se enfrentan las mujeres en Egipto cada día de sus vidas.

Posted in Egipto, Oriente Medio y Norte de África, Sin categorizar | Leave a comment

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

*

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>