¿Cuántas maneras hay de esconderse de las bombas?

Durante 20 meses, el bombardeo indiscriminado de la región de los Montes Nuba de Kordofán del Sur por parte del ejército sudanés ha obligado a la población civil a ocultarse en refugios provisionales como este agujero excavado en el suelo. © Amnistía Internacional

Por Alex Neve, secretario general de Amnistía Internacional Canadá

Entre los muchos aspectos de la grave crisis humanitaria y de derechos humanos en el estado de Kordofán del Sur, Sudán, que me han acompañado en mi visita se encuentra la infinidad de maneras en que la población se oculta de los implacables bombarderos Antonov que merodean por el cielo.

Lleva 20 meses sucediendo sin cesar. Pesados Antonov pasan volando a gran altura. En ocasiones es evidente que se dirigen a algún otro lado; otras veces vuelan en círculos y después siguen su camino. A veces sueltan las bombas absolutamente indiscriminadas y mortíferas que transportan; puede que sólo una o dos, pero también pueden llegar a superar las 20.

Algunas de las bombas caen en zonas de matorrales y explotan, causando relativamente pocos daños. Otras caen en campos de cultivo, destruyendo las cosechas e impidiendo que la población cultive alimentos indispensables. Peor aún, otras acaban en zonas residenciales, donde a menudo varios miembros de una misma familia mueren o resultan heridos.

Lo que hace que sea tan aterrador es que es totalmente impredecible. ¿Aparecerán hoy los Antonov? ¿Lanzarán bombas? ¿Dónde caerán, y quién acabará muerto o mutilado?

No resulta sorprendente, entonces, que esconderse de los Antonov resulte fundamental para la supervivencia en Kordofán del Sur. Y hay muchas maneras de ocultarse.

Entre ellas, como es de esperar, los agujeros excavados en el suelo. Resulta asombroso descubrir cuántos agujeros se han excavado a lo largo y ancho de esta región y su variedad infinita de formas, tamaños y diseños. Están prácticamente por todas partes. Algunos, excavados profundamente, son como fuertes subterráneos; otros tienen sólo la profundidad necesaria para ofrecer protección a una persona, tendida boca abajo. Unos están cubiertos con ramas, hierba, piedras o lonas; otros están al aire libre. Algunos son profundos y estrechos, mientras que otros son poco profundos y largos. En algunos no podrían ocultarse más de una o dos personas, pero en otros podría refugiarse sin problemas toda una familia.

Es trágico haber escuchado historias sobre tantas personas que murieron o resultaron heridas pese a haber llegado a tiempo a esconderse en su agujero. Las bombas cayeron tan cerca que el agujero no les brindó protección. En algunos casos puedo hasta imaginar, con angustia, que estar atrapado en el reducido espacio del pequeño agujero al recibir la ráfaga de metralla y sentir la fuerza de la explosión puede haber hecho que el impacto haya sido mucho más mortífero.

Kordofán del Sur es famoso por sus hermosos e impresionantes Montes Nuba. Y muchas personas acuden a estos montes en busca de refugio.

En mi primer día en la región visité el lugar de un ataque con cohetes —los Antonov no son los únicos que causan temor— que se había producido unas semanas antes y en el que una niña de 11 años había resultado gravemente herida. Todo estaba tan próximo… el cráter que la explosión provocó no se hallaba lejos de algunas viviendas. Girando en la otra dirección pude ver un gran grupo de niños y niñas ocultos entre rocas en una colina próxima. Su escondrijo tampoco se encontraba tan lejos del lugar donde había explotado el cohete. Fui a hablar con ellos; también con la niña que había resultado herida. Cuando pregunté cuánto tiempo pasaban escondidos entre las rocas me respondieron que nunca se iban.

Otro agujero excavado en el suelo convertido en refugio antiaéreo provisional por los habitantes de la región de los Montes Nuba en Kordofán del Sur. © Amnistía Internacional

Tras conversar con los niños, comencé a descender la colina para volver al lugar donde habíamos dejado nuestro vehículo. Unos metros más adelante, un ligero movimiento captó mi atención. Miré hacia abajo y al lado de un pedrusco a mi lado pude ver un agujero excavado en el suelo. Me di cuenta entonces de que se trataba de la entrada de otro “refugio antiaéreo”, un pequeño túnel que se introducía en el suelo bajo el pedrusco. Y allí en la penumbra de una pequeña cueva de tierra subterránea se escondían dos muchachos. Evidentemente, la naturaleza algo más abierta de las grietas de la ladera donde se escondían los otros niños no les ofrecía suficiente sensación de seguridad. Me miraron desde abajo, pero no quisieron salir.

También pasé algún tiempo en un asentamiento de personas desplazadas que se extiende sinuoso en una estrecha franja, al pie mismo de una larga hilera de colinas. Miles de personas llevan más de un año viviendo allí. Estar al pie de las montañas les da tranquilidad, con la seguridad añadida de poder buscar refugio en cuevas y hendiduras de las laderas en caso de necesidad.

En mi último día en Kordofán del Sur me encontré con otra comunidad desplazada que me explicó que estaban demasiado lejos para alcanzar colinas o montañas. Habían establecido un campamento en lo que esperaban que fuese un lugar más seguro oculto entre los árboles, pero no habían pensado qué harían en unos meses con la llegada de la temporada de lluvias cuando sus refugios provisionales ya no sean habitables.

Todo lo cual me recuerda las palabras de un hombre al que entrevistamos el año pasado en el campo de refugiados de Yida, en Sudán del Sur. Me dijo que habían aprendido a ocultarse de las bombas, pero que no podían esconderse del hambre. Y fue el hambre lo que impulsó a decenas de miles de personas a cruzar la frontera y buscar protección y ayuda en Yida.

Sus palabras acudieron a mi mente con frecuencia mientras viajaba por los Montes Nuba de Kordofán del Sur. Tantas maneras distintas de esconderse de las bombas… Pero desgraciadamente, a menudo no basta con esconderse y los bombardeos mortíferos de los Antonov siguen cobrándose víctimas.

Antes de nada, sin duda debemos trabajar para eliminar la necesidad de esconderse. Y esto sólo se conseguirá cuando termine la cruel e ilegal campaña de bombardeos indiscriminados de las fuerzas armadas sudanesas.

A fin de intensificar la presión sobre el gobierno sudanés, el Consejo de Seguridad de la ONU debe ampliar de inmediato a todo el país el embargo de armas que, en este momento, está vigente únicamente en la región de Darfur, al oeste de Sudán.

 

Más información:

‘Stop the planes’ (blog, 30 de enero de 2013)
La difícil situación de las personas refugiadas en Yida: En peligro tanto si se quedan como si se van (blog, 21 de enero de 2013)
Sudan’s civilians in crisis: Indiscriminate attacks and arbitrary arrests pervade Southern Kordofan (declaración pública, 11 de diciembre de 2012)
‘We can run away from bombs, but we can’t run away from hunger’ (blog, 16 de abril de 2012)

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