Por qué para las mujeres no existen tiempos de paz

Mujeres de todo el mundo necesitan saber que los gobiernos no antepondrán los beneficios a la seguridad humana. © PHIL MOORE/AFP/Getty Images

Widney Brown es directora general de Derecho Internacional y Política de Amnistía Internacional. Asistirá a la conferencia diplomática sobre el Tratado sobre el Comercio de Armas que tendrá lugar en Nueva York en marzo.

Que durante los conflictos armados las mujeres y las niñas están en el punto de mira está bien documentado. Lo que no es tan sabido es que cuando las hostilidades cesan, la guerra no declarada contra las mujeres puede continuar durante años.

Aunque oficialmente los enfrentamientos hayan finalizado, la proliferación de armas, una cultura de violencia y la cosificación de las mujeres siguen causando estragos.

Como lo expresó una activista bosnia de los derechos de las mujeres cuando se dirigía a un grupo de investigadores de derechos humanos que documentaban los horrores que se produjeron durante la guerra civil que tuvo lugar a principios de la década de los años 90: “Para las mujeres no existen tiempos de paz”.

Esta simple afirmación esclarecía la verdad que no acababan de comprender: que a las mujeres, en concreto, el acuerdo de paz no les había traído la paz.

Casi dos decenios después, cientos de mujeres siguen enfrentándose a los efectos de la violación y otras formas de tortura que con frecuencia se aplicaban o cometían empleando armas, sin acceso adecuado a la ayuda médica, psicológica y económica que necesitan para reconstruir sus vidas rotas. Los autores, en su mayoría, han quedado impunes.

El 18 de marzo, darán comienzo en Nueva York las negociaciones finales para la elaboración de un Tratado sobre el Comercio de Armas.

El mundo necesita desesperadamente este acuerdo final a fin de garantizar que ningún país ni comerciante de armas vende armas, municiones o equipo relacionado a gobiernos, empresas o grupos armados en lugares donde existe un riesgo importante de que esas armas y municiones —que van desde AK-47 hasta bombarderos— se empleen para cometer atrocidades o abusos violentos.

Entre los retos para conseguir un Tratado sobre el Comercio de Armas efectivo está el simple hecho de que Estados Unidos, Rusia, China, Reino Unido y Francia son los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU. Como tales, tienen el deber de mantener la paz y la seguridad internacionales, aunque en 2010 fueron responsables de aproximadamente el 60 por ciento de los más de 70.000 millones de dólares estadounidenses que se obtienen anualmente con el comercio de armas convencionales. (Fuente: TransArms – Research Center for the Logistics of Arms Transfers).

Basándose en los pedidos de armas que Estados Unidos y Rusia ya han recibido, pero que todavía no han fabricado ni entregado, a finales del periodo de cuatro años, el comercio mundial de armas convencionales tendrá un valor total anual que podría aproximarse a los 100.000 millones de dólares estadounidenses, según TransArms. Estos cinco gobiernos serían responsables de más de la mitad de esa cantidad.

Estos y otros Estados llevan decenios comerciando en ausencia de controles mundiales sobre el flujo transfronterizo de armas y munición.

Se suministran armas y munición a gobiernos, empresas y grupos armados que suelen ponerlas en manos de personas que aterrorizan a las comunidades convirtiendo en blanco de sus ataques a la población civil: mujeres, hombres, niños y niñas. Convertir a la población civil en blanco de ataques en un conflicto armado es un acto intencionado que constituye un delito de derecho internacional. Puede ser una táctica y hasta una estrategia de las fuerzas del gobierno o grupos armados, y las mujeres suelen ser objetivo de quienes cometen abusos contra los derechos humanos, grupos criminales y personas que empuñan armas fabricadas en otros países.

Algunos gobiernos alegarán que convertir a las mujeres en blanco de ataque en las guerras —incluso con violencia sexual— es una consecuencia lamentable, pero inevitable, del conflicto armado. Es exactamente esta actitud la que hace que en tiempos de paz estos mismos gobiernos hagan caso omiso de la violencia ejercida contra las mujeres.

Por si esto fuera poco, a pesar de la Resolución del Consejo de Seguridad de la ONU sobre Mujeres, Paz y Seguridad, a las mujeres no se les suele permitir participar ni en las negociaciones de paz, ni en la vigilancia del proceso de desarme de los combatientes ni en las decisiones sobre cómo reconstruir la sociedad de manera que se fomente la resolución pacífica de los conflictos.

Desde un punto de vista jurídico, ya está prohibido cometer graves abusos contra los derechos humanos de mujeres y hombres, ya sea en situaciones de conflicto o no. Por ejemplo, los Convenios de Ginebra y los Protocolos prohíben la comisión de determinados crímenes de guerra, y con arreglo al Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional se puede hacer comparecer ante la justicia a los autores de crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad.

El derecho internacional de los derechos humanos prohíbe determinadas violaciones, y los gobiernos tienen la responsabilidad de tomar medidas para poner fin a la violencia ejercida contra las mujeres con independencia de quién perpetre esos actos de violencia.

Hace mucho tiempo que se admite que también se puede poner freno a estos crímenes retirando las herramientas empleadas por los autores para cometerlos o favorecerlos. Un Tratado Internacional sobre el Comercio de Armas sólido y efectivo puede constituir un paso muy importante en la consecución de este objetivo.

Mujeres de todo el mundo necesitan saber que los gobiernos no antepondrán los beneficios a la seguridad humana, permitiendo que las armas lleguen a manos de quienes las utilizarían para cometer crímenes de guerra, crímenes de lesa humanidad, genocidio u otras graves violaciones de los derechos humanos.

Parece tan sencillo. Parece tan justo. Pero con demasiada frecuencia los beneficios se anteponen al compromiso de los gobiernos de defender el derecho internacional humanitario y de los derechos humanos. Como la activista bosnia atestiguaría, las consecuencias duraderas de esta codicia pueden resultar devastadoras, en especial para las mujeres.

Así que, por el bien de todas las mujeres que viven en una inseguridad permanente, los gobiernos que se reúnen en Nueva York en marzo deben hacer lo correcto: poner los beneficios y los mezquinos intereses nacionales a un lado y allanar el camino hacia la paz y la seguridad para las mujeres mediante la adopción de un Tratado sobre el Comercio de Armas que estipule normas firmes y justas para la protección de los derechos humanos de todas las personas.

Artículo publicado originalmente en inglés en CNN.com.

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