En el nombre de mi abuelo: Mi búsqueda personal de un Tratado sobre Comercio de Armas que salve vidas

Amnistía Internacional es una de las organizaciones que hizo campaña para un tratado de control de armas.

Alberto Estévez, Coordinador de Promoción y Captación de Apoyos para el TCA

Fue un momento especial que nunca olvidaré.

Cuando el miércoles 27 de marzo por la mañana caminaba hacia la funcionaria de la ONU que estaba repartiendo copias del texto del Tratado sobre Comercio de Armas (TCA), contuve el aliento mientras me preguntaba cómo se había reflejado finalmente en el texto definitivo del tratado el principio de la Regla de Oro “Ni un arma para cometer atrocidades”.

Sabíamos que iba a estar en el tratado, de alguna manera, pero pese a ello fue un momento lleno de intriga. Así que le eché un rápido vistazo a los artículos relativos al preámbulo, al alcance y a la aplicación y me fui rápidamente a leer con detenimiento los artículos 6 y 7, que abarcan la Regla de Oro. Volví a leerlos, por si me había perdido algo. Luego eché un vistazo a las disposiciones sobre presentación de informes, desvío y cómo se podía cambiar el tratado en el futuro. Respiré profundamente y me dije: “Bien hecho, Amnistía, hemos conseguido incluir la Regla de Oro”.

Tras haber trabajado casi 20 años en este tema, me sentí aliviado, pero la batalla no había terminado. Tengo bonitos recuerdos de este largo proceso, pero uno en especial me vino a la memoria cuando tuve el texto en mis manos. Recordé cuando caminaba sobre el mar helado en el invierno de 2001 cuando salíamos de una reunión muy fructífera del Ministerio de Asuntos Exteriores con mi amigo Frank Johansson, Director de AI Finlandia.

Por supuesto, fue Brian Wood, Director de Control de Armas y Derechos Humanos de Amnistía Internacional, quién, hace 20 años, acuñó el concepto del TCA, sentado en una pequeña sala con colegas de Saferworld, BASIC y el World Development Movement, y ha sido fundamental para traernos hasta aquí. Igual que Clare da Silva, nuestra brillante asesora jurídica, el cerebro que está detrás del texto del TCA y numerosas de las recomendaciones de AI.

Pero creo que un momento clave en esta larga lucha fue cuando Frank consiguió “vender” la idea a Erkki Tuomioja, Ministro de Asuntos Exteriores del Finlandia. Él fue nuestro primer campeón más allá de Costa Rica y quien consiguió el apoyo y la complicidad de otros gobiernos, incluido el Reino Unido –cuyo apoyo ha sido clave y se consiguió a través de una fuerte campaña y un trabajo sostenido de captación de apoyos por parte de AI y otras organizaciones-, Australia, Japón y otros países, un grupo que se acabó llamando el de los “co-autores”. Ellos, junto a Kenia y Argentina, iniciaron el proceso del TCA en las Naciones Unidas.

Pero no tenía tiempo que perder. Volví rápidamente a la oficina de Amnistía cerca de la ONU para reunirme con nuestros expertos de política y jurídicos para analizar el texto. Allí lo analizamos exhaustivamente, porque el intríngulis está en los detalles, pero el sentimiento global fue: “Sí, nos gusta”. Por supuesto que podría ser mejor, pero el enorme trabajo realizado por alrededor de 25 lobbistas de AI de todo el mundo durante las últimas dos semanas parecía haber dado sus frutos. Estamos seguros de que nada de esto podría haberse hecho realidad sin el apoyo de los responsables de campañas, captación de apoyos y medios de comunicación en las capitales, apoyados por los miembros de AI.

Aunque el texto definitivo del TCA tiene algunas deficiencias, en Amnistía creemos que incluye algunas normas sólidas que ayudan a proteger los derechos humanos.

El Artículo 6 incluye prohibiciones enérgicas sobre transferencias que alimentan el genocidio, los crímenes de guerra y los delitos de lesa humanidad, lo que no deja espacio a los Estados para que sigan enviado armas para cometer atrocidades.

También es alentadora la redacción del Artículo 7, que obliga a los Estados a analizar el riesgo manifiesto de violaciones graves de derechos humanos, incluidas las ejecuciones extrajudiciales, la tortura y las desapariciones forzadas, antes de dar luz verde a una transferencia de armas. Se trata de un gran avance, y esperamos no volver a enfrentarnos de nuevo a una situación en la que una laguna jurídica permita a intermediarios de armas sin escrúpulos beneficiarse de la venta de armas que alimentan la comisión de atrocidades, sin ser procesados – pensad en el genocidio de Ruanda en la mitad de la década de 1990.

Aparte de evitar otras situaciones como la de Ruanda (u las graves violaciones de derechos humanos que hemos denunciado más recientemente en países como Guinea, Costa de Marfil, la República Democrática del Congo y otros lugares), yo tengo una razón muy personal para haber trabajado a favor de un TCA que salve vidas y proteja los derechos humanos.

En los primeros días de la Guerra Civil español, mi abuelo, Javier Estévez, tenía 33 años y era miembro de un partido republicano de izquierdas en España. Fue salvajamente torturado por su primo fascista, una ironía del destino, pues en estas tragedias suele haber siempre un elemento de envidia. Posteriormente, en la mañana del 14 de septiembre de 1936, el primo de mi abuelo le pegó un tiro en la cabeza, justo a la entrada del cementerio del pequeño pueblo en el que vivía, Ponteareas.

Mi abuela quedó viuda con cuatro hijos y el estigma de ser la viuda de un “rojo”. Si el TCA hubiera estado en vigor en aquellos momentos (la Liga de las Naciones intentó algo similar en la década de 1920, pero fracasó), quizá la transferencia de la pistola utilizada para matar de un tiro a mi abuelo no hubiera sido autorizada, le habrían perdonado la vida y la vida de mi abuela no hubiera tenido tantas penurias.

Estoy seguro de que el TCA ayudará a salvar la vida de otras personas. Así que dedico esto a la memoria de abuelo.

La prueba del algodón consistirá en cómo se aplica el Tratado, pero antes necesitábamos que se aprobase en la votación del martes 2 de abril. Fue un momento histórico que vivimos desde el balcón de la sala de la Asamblea General. Siempre conservaré en mi memoria el recuerdo de esa enorme pantalla con los resultados de la votación. Nosotros fuimos quienes conseguimos que pasara: 154 síes, 23 abstenciones y 3 noes. ¡Increíble!

El TCA se firmará el 3 de junio y necesitamos 50 ratificaciones para una entrada en vigor rápida, lo que supone que si suficientes Estados se suman con rapidez, quizá podamos tener un tratado en vigor en algo menos de un año. Así que más vale que nos pongamos las pilas con una campaña de ratificación.

La semana pasada vimos una repetición de julio de 2012, cuando se frustraron nuestras esperanzas de ver el texto del tratado adoptado por consenso. Pero fue solo un aplazamiento. Sabíamos que podía ocurrir.

Desde el viernes escribimos correos electrónicos y llamamos a decenas de diplomáticos para pedirles que copatrocinasen o votasen “sí” a la resolución presentada por Kenia a la Asamblea General de la ONU.

Todos los Estados de la ONU votaron la resolución el martes 2 de abril, poco después de las 11.00 am hora de Nueva York. Cerca de 100 Estados copatrocinaron la resolución. Estábamos convencidos de que esta vez sí lo lograríamos.

No lo conseguimos en julio, ni el jueves pasado, pero el martes 2 de abril de 2013 sí lo hicimos, un día histórico para los derechos humanos. Como dice el refrán “A la tercera, va la vencida”.

* El texto definitivo del Tratado sobre Comercio de Armas está disponible en: http://www.un.org/disarmament/ATT/docs/Draft_ATT_text_27_Mar_2013-S-reissued.pdf

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