La protesta de un pueblo cisjordano contra la ocupación militar israelí

Lamri Chirouf examina un bote de gas lacrimógeno israelí en el cementerio de Budrus ©Amnesty International

Por Lamri Chirouf, delegado de Amnistía Internacional en los Territorios Palestinos Ocupados

El mes pasado fuimos por carretera hacia el noroeste desde Ramala para visitar el pueblecito de Budrus, que fue el centro de la atención internacional hace 10 años, cuando sus habitantes comenzaron a protestar contra la valla/muro levantada por Israel.

Siguen organizándose allí protestas periódicas contra la ocupación israelí de Cisjordania, y todas las semanas, si no a diario, se producen enfrentamientos entre jóvenes del pueblo y miembros del ejército israelí.

La razón principal de las protestas sigue siendo el muro, que el gobierno israelí califica de valla de seguridad, mientras que los habitantes de Budrus, como los palestinos de toda Cisjordania, afirman que se trata de un “muro de apartheid” que sirve además al gobierno israelí para anexionarse más tierras palestinas.

La mayor parte del muro se ha levantado dentro de los Territorios Palestinos Ocupados. En Budrus consiste en alambradas de espino, múltiples vallas y sensores y una carretera al otro lado por la que patrullan jeeps militares israelíes, todo lo cual sirve para separar a los habitantes del pueblo de sus tierras de labranza.

No hay asentamientos ni localidades israelíes en las proximidades, pero los soldados israelíes entran de manera habitual en Budrus. Los encuentros entre ellos y los habitantes del pueblo pueden ser mortales.

Visitamos la tumba un niño de 16 años, Samir ‘Awad, recién enterrado en el cementerio aledaño a su escuela, en la parte occidental del pueblo, a unos dos kilómetros y medio del muro.

Esparcidos entre las tumbas había botes de gas lacrimógeno de distintas clases, lanzados por el ejercito israelí en enfrentamientos.

Las autoridades del pueblo y diversos testigos nos contaron que a Samir le habían arrebatado la vida el 15 de enero de 2013, cuando los soldados israelíes dispararon contra él con munición real al verlo pasar por un hueco abierto en la primera alambrada de espino cuando se entretenía por allí con sus amigos tras acabar los exámenes.

“Solíamos bajar a la valla para arrojar piedras a los sensores y cortar trozos de ella –contó a Amnistía Internacional un amigo de Samir–. Es nuestra forma de protestar por la ocupación.”

Los testigos con que hablamos afirmaban que los soldados habían tendido una emboscada a los muchachos antes de disparar a Samir en la espalda y la cabeza a muy corta distancia y sin prevenirle antes para que no se acercara. En una investigación de B’Tselem, destacada organización israelí de derechos humanos, se determinó que los soldados no corrían ningún peligro y que habían disparado contra Samir ‘Awad incumpliendo las disposiciones que regulan cuándo se debe abrir fuego. En tal caso, cometieron un homicidio ilegítimo.

La primera obligación de las autoridades israelíes es realizar con prontitud una investigación completa, independiente y efectiva, pero las investigaciones militares de Israel incumplen sistemáticamente estas normas internacionales. Aunque la policía militar israelí haya abierto una investigación sobre la muerte de Samir, los habitantes del pueblo creen que, como en muchos otros casos ocurridos en todos los Territorios Palestinos Ocupados, no se hará rendir cuentas a los responsables.

Este clima de impunidad permite que las fuerzas israelíes cometan abusos a diario en los Territorios Palestinos Ocupados.

Los habitantes de Budrus nos contaron que todos ellos sufren los efectos del gas lacrimógeno cada vez que se produce un enfrentamiento con el ejército israelí. Los soldados hacen amplio uso de él, incluso dentro del pueblo, a menudo disparando directamente contra los vecinos y sus casas pese a estar prohibido por el reglamento militar. La gente no puede respirar a causa del gas, y a veces resulta herida por impactos de botes de gas.

Comprobamos en carne propia que era así. Esa tarde, en el cementerio, tuvimos una vista panorámica de un enfrentamiento entre varios jóvenes y unos soldados.

Tres jóvenes comenzaron a caminar hacia cuatro vehículos militares aparcados detrás del muro y les arrojaron piedras. Sin embargo, antes que pudieran acercarse mucho, fueron interceptados por dos soldados totalmente equipados con armas, que entraron en el pueblo por una verja del muro, seguidos de un vehículo militar. Los soldados comenzaron a disparar grandes cantidades de gas lacrimógeno.

Mi colega filmó el comienzo del enfrentamiento. Cuando el gas lacrimógeno llegó hasta nosotros, mucho de los niños que había alrededor mío echaron a correr hacia sus casas para escapar de él.

Me empezaron a llorar y a escocer los ojos, por la irritación, y me empezó también a costar respirar. Mientras filmaba, mi colega se había tapado bien la nariz y la boca con un pañuelo, pero sufría igualmente los efectos del gas. Tenía los ojos muy llorosos y enrojecidos, y apenas podía abrirlos. Le dije que nos fuéramos de allí, pero él insistió en seguir filmando mientras los soldados se abalanzaban sobre los jóvenes disparando aún más gas lacrimógeno contra ellos.

Decidí marcharme, porque el dolor de los ojos iba a peor, al igual que los problemas para respirar. Se me ocurrió alejarme caminando lo más posible hasta llegar a alguna parte del pueblo donde no hubiera gas lacrimógeno y esperar allí a mi colega.

Andando por el pueblo, me topé con un grupo de niños que, cuando había pasado antes junto a ellos, estaban jugando al fútbol. Ya no jugaban; se habían cubierto la cara y se marchaban apresuradamente a sus casas.

Uno de ellos se volvió hacía mí desde el umbral de su casa y me dijo: “sentimos el gas también dentro”.

Seguí caminando hacia el este, pero el gas se propagaba en la misma dirección. Cuando llegué al extremo más oriental del pueblo me di cuenta de que había sido un iluso al pensar que podía escapar de sus efectos.

Mientras estaba allí, esperando, me dolían todavía lo ojos y se oían aún los disparos de los lanzabotes de gas. Seguían disparando cuando llegó por fin mi colega, uno 40 minutos después de que comenzara el enfrentamiento. Se había marchado poco después que yo para ir a una casa a entrevistar a un niño herido en un enfrentamiento anterior con el ejército, y dijo que había sentido todavía el gas incluso dentro de ella.

Este uso y abuso persistente de gas lacrimógeno no es noticia, pero nadie tiene por qué vivir día tras día en tales condiciones, y los soldados responsables de tales abusos diarios deben rendir cuentas.

Sobre todo, las víctimas palestinas de homicidios ilegítimos y lesiones merecen justicia, reparación y que se ponga fin a la impunidad. Desde el homicidio de Samir ‘Awad, las fuerzas israelíes han matado a tiros en Cisjordania a seis civiles más, dos de ellos menores de 18 años también.

Sin verdaderas investigaciones independientes de las actuaciones del ejército ni procesamientos de los presuntos responsables, ¿cuántos civiles más serán víctimas de homicidio ilegítimo o resultarán heridos en los próximos meses?

Cuando nos marchábamos, Budrus era un pueblo totalmente envuelto en gas lacrimógeno. Cada persona con la que nos cruzábamos llevaba la cara cubierta. Un vecino iba con un rebaño de ovejas tras él. Le pregunté si el gas las afectaba. “Las mata”, respondió.

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