“Peces fuera del agua” una vez más: Palestinos y palestinas procedentes de Siria refugiados en Egipto

Refugiados palestinos que huyeron de Siria y viven ahora en Egipto, congregados ante la delegación diplomática palestina en abril. © GIANLUIGI GUERCIA/AFP/Getty Images

Por Neil Sammonds, investigador de Amnistía Internacional sobre Siria

Bahaa, refugiado palestino procedente de Siria, ha hecho una breve pausa en su preciado trabajo de decoración para llevarme a conocer a su familia en la ciudad 6 de Octubre, ciudad satélite de la capital de Egipto, El Cairo.

Es uno de los alrededor de 10.000 refugiados y refugiadas palestinos que han huido a Egipto. Mientras que los sirios son reconocidos por el gobierno egipcio como refugiados, y por ello tienen derecho a acceder a atención médica primaria subvencionada y otros servicios, los refugiados palestinos que han huido de Siria por los mismos motivos no gozan de ese reconocimiento.

La familia de Bahaa comparte el apartamento con otra familia palestina refugiada de Siria, y Bahaa es el único que tiene un empleo. Pese a que trabaja todos los días, sus ingresos no son suficientes ni siquiera para pagar el alquiler, y se ve obligado a trabajar “ilegalmente”, ya que ni los refugiados sirios ni los palestinos procedentes de Siria tienen derecho a trabajar en Egipto.

Los refugiados y refugiadas sirios en Egipto tienen el mismo acceso subvencionado a atención médica primaria y de urgencia que la población egipcia, pero para las personas refugiadas palestinas procedentes de Siria la situación es diferente. La delegación diplomática de Palestina en Egipto, en declaraciones realizadas en abril de este año, tras las protestas organizadas ante su sede por palestinos que habían huido de Siria, prometió a estas personas acceso a atención médica a través del Sindicato de Médicos Egipcios, una atención que al parecer incluiría el tratamiento de todas las personas palestinas procedentes de Siria en los hospitales y centros de tratamiento del Sindicato.

Sin embargo, según Bahaa y otros palestinos procedentes de Siria con los que he hablado recientemente, esto no se ha hecho realidad para la mayoría de los palestinos y palestinas de Siria. Por ejemplo, hace unas semanas Bahaa tuvo un accidente laboral y fue al hospital a que le hicieran una radiografía. No pudo permitirse las 100 libras egipcias (unos 14 dólares estadounidenses) que cuesta la radiografía y, por tanto, guardó cama varios días, hasta que se sintió con fuerzas para regresar al trabajo. Khaled, otro palestino de Siria que ahora vive en Egipto, me dijo que el Sindicato de Médicos Egipcios no tiene recursos suficientes para cubrir las necesidades, y la mayoría de quienes intentan obtener tratamiento por esta vía fracasan.

El visado de entrada a Egipto de Bahaa, que tenía una validez de una semana, expiró hace dos meses. Los refugiados y refugiadas palestinos de Siria temen pedir ampliaciones del visado, ya que es posible que se las nieguen y se vean obligados a abandonar Egipto. Los refugiados sirios normalmente reciben a su llegada visados de entrada de tres o seis meses de duración, y luego pueden inscribirse en el ACNUR, el organismo de la ONU que se ocupa de los refugiados, para poder permanecer en el país bajo protección temporal.

La hija de Bahaa, Kholoud, de siete años de edad, no va a la escuela, aunque dice que en Siria le gustaba estudiar. La ley egipcia otorga a todos los niños y niñas el derecho a recibir educación primaria, y algunos niños y niñas palestinos refugiados de Siria consiguen asistir a escuelas en Egipto, si hay plazas vacantes. Sin embargo, Kholoud no va a ningún centro escolar, ya que su familia no cuenta con la documentación adecuada para matricularla.

Maryam, refugiada palestina de cerca de Damasco, pudo matricular a sus hijos en un colegio privado, que cuesta varios miles de dólares al año. Pero carece de seguridad a largo plazo, ya que el visado estampado en su pasaporte tiene escrito encima: “No renovar”.

En un café, Abu Ammar, jubilado de la ciudad de Deraa, en el sur de Siria, me cuenta que, como a muchos otros refugiados palestinos procedentes de Siria, le habían negado la entrada en Jordania, a sólo unos kilómetros de su casa. A su hija también le negaron la entrada en Jordania, mientras que a su esposo, que es sirio, se la permitieron.

Abu Ammar viajó entonces primero a Líbano, y luego a Egipto, que le permitió entrar sin problemas, gracias a su edad. Pero a su hijo, que había conseguido obtener permiso para salir de Siria, le negaron la entrada en Egipto y lo embarcaron en un avión de vuelta a Damasco.

Se calcula que al menos a decenas de personas se les ha negado la entrada y se las ha devuelto desde el aeropuerto de El Cairo. Si son enviadas de vuelta a Líbano y no tienen permiso de residencia allí, las autoridades libanesas les dan un plazo de 48 horas para abandonar el país.

Si tienen que volar de vuelta a Damasco desde El Cairo o tratar de regresar a Siria desde Líbano –ya sea de manera oficial o no oficial–, se arriesgan a ser detenidos o algo peor. Me dieron los nombres de personas que habían sido detenidas de esa manera en Siria.

Otras personas que no tienen permiso de entrada son detenidas en la sección de tránsito del aeropuerto de El Cairo, y algunas son trasladadas a la prisión de El Kanater, donde a veces son recluidas en celdas junto con delincuentes convictos. Un familiar de dos personas recluidas allí me dijo que tenía que pagar a gente de la prisión para asegurarse de que sus familiares no recibían una paliza.

Zakariya, refugiado palestino de Siria que ha cursado estudios, me dijo que había sobornado a funcionarios sirios para que le permitieran salir del país y viajar a Egipto. Me explicó que el conflicto ha obligado a miles de palestinos en Siria a huir de sus hogares en los campos de refugiados para palestinos, y que, al huir, estas personas se han convertido en “peces fuera del agua”, privadas de la protección mínima frente a las fuerzas de seguridad y los grupos armados de oposición.

Después, tras arriesgarse a viajar hasta Damasco o Beirut, y de allí a Egipto, se convierten de nuevo en vulnerables “peces fuera del agua”. Incluso un incidente poco importante, como un pequeño accidente de tráfico, puede dar lugar a que sean detenidos y, o bien encarcelados, o bien enviados de vuelta al peligro por carecer de la documentación correcta, sin que hayan cometido falta alguna.

Al parecer, hay múltiples motivos para la política discriminatoria de Egipto respecto a los palestinos, incluidos los refugiados procedentes de Siria. Algunos de ellos vienen de tan lejos como 1950, cuando, en la Asamblea General de la ONU, Egipto, Líbano y Arabia Saudí rechazaron incluir a los palestinos en la definición general de refugiados. Los Estados árabes tenían dos justificaciones para su postura. La primera era garantizar que la ONU (y no los Estados receptores) asumía la responsabilidad del bienestar de los refugiados palestinos, ya que consideraban que la ONU era quien había privado a los palestinos de sus tierras; la segunda era proteger la larga reclamación de los palestinos a sus tierras y a un Estado propio.

Recientemente, Egipto ha empezado a incrementar sus medidas de seguridad contra los palestinos, dados los problemas de seguridad relacionados con los túneles que recorren la frontera entre Egipto y Gaza. Además, el gobierno egipcio no quiere asumir la carga de proporcionar servicios sociales a los refugiados palestinos en Egipto, ya que el conflicto palestino no es temporal.

Sean cuales sean los motivos, la situación de Bahaa y los demás refugiados y refugiadas palestinos procedentes de Siria en la ciudad 6 de Octubre y en el resto de Egipto debe abordarse cuanto antes.

Por motivos de seguridad, todos los nombres se han cambiado, y se han ocultado otros datos.

Más información:
Personas internamente desplazadas en Siria: “El mundo nos ha olvidado” (artículo, 20 de junio de 2013)

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