Una semana de violencia y toque de queda

Por Diana Eltahawy, investigadora de Amnistía Internacional sobre Egipto

La tensión se palpa en el ambiente de las calles de El Cairo, inquietantemente vacías. El toque de queda nocturno impuesto el pasado miércoles, tras la dispersión violenta de las concentraciones de partidarios de Morsi, ha convertido la bulliciosa metrópolis en una ciudad casi fantasmal.

El ambiente es enormemente distinto al que reinaba cuando se impuso el toque de queda después del 28 de enero de 2011, el día más sangriento de la “Revolución del 25 de enero”. En aquel momento, los manifestantes de la plaza Tahrir, y también los residentes habituales de El Cairo, no tuvieron demasiado en cuenta el toque de queda. Ahora, la mayoría de las tiendas, los restaurantes y los cafés cierran sus puertas al anochecer.

En 2011, miembros de comités vecinales de vigilancia patrullaron las calles armados con cuchillos, barras y bates. Ahora también llevan pistolas. Un grupo de jóvenes pendencieros le dieron el alto a nuestro automóvil en un control de seguridad improvisado. Uno de ellos llevaba un pasamontañas y lo que parecía ser un AK-47.

Tras el levantamiento de 2011, a pesar de la pérdida de vidas y de la proliferación de violaciones de derechos humanos, los egipcios mantenían un firme espíritu de esperanza en un futuro mejor. Existía la firme convicción de que los sacrificios no habían sido en vano, que ahora se ha visto sustituida por amargura, ira e incertidumbre. La emblemática plaza Tahrir –que en otro momento fue símbolo de esperanza, tolerancia y unidad– ha quedado mancillada por las espantosas agresiones sexuales colectivas a mujeres.

Durante la semana pasada, El Cairo y el resto del país se han visto sumidos en una situación de violencia sin precedentes. Según las estadísticas oficiales, al menos 1.089 personas han muerto desde el pasado miércoles; los activistas calculan que el número de muertos es más elevado. Muchas personas han perdido la vida a consecuencia de un uso excesivo de la fuerza y de medios letales por parte de las fuerzas de seguridad. Otras murieron en sangrientos enfrentamientos entre ciudadanos egipcios de a pie que se desencadenaron a causa de simples diferencias políticas. Entre las víctimas hay manifestantes partidarios de Morsi, residentes locales que se oponían a la Hermandad Musulmana, cristianos coptos, y agentes de seguridad, incluidos hombres jóvenes que cumplían el servicio militar obligatorio.

Los transeúntes también se vieron atrapados en la violencia. Un afligido familiar contó a Amnistía Internacional que su sobrino murió abatido por disparos el 16 de agosto, al volverse violenta una marcha de seguidores de Morsi que atravesaba el barrio obrero de Bulaq Abu Al Ila:

“No tenemos filiación política; no somos más que personas humildes que intentan salir adelante. ¿Por qué tenemos que pagar el precio de que haya dos bandos luchando por hacerse con la presidencia?”

Otro hombre, que recibía tratamiento en un hospital de El Cairo tras haber sufrido una herida de bala, contó a Amnistía Internacional:

“Los dos [bandos de seguidores y detractores de Morsi] violan habitualmente los derechos humanos de las personas. No les importamos, solo piensan en sus intereses políticos. No se ha cumplido ninguna de las demandas de igualdad y justicia social que planteaba la “Revolución del 25 de enero”.

Desde que se dispersaron las concentraciones también han recurrido a la violencia algunos manifestantes partidarios de Morsi, que han sido los más afectados por la violencia de las últimas siete semanas y cada vez son más vilipendiados. Se han registrado ataques a comisarías, edificios oficiales y personal de seguridad. Un ataque a la comisaría de Kerdassa, en la zona metropolitana de El Cairo, se saldó con la muerte de 17 policías. Otros agentes de seguridad fueron secuestrados, golpeados y, en algunos casos, asesinados y decapitados. En los enfrentamientos registrados el 16 de agosto en la plaza Ramsés, en los que por un lado participaron manifestantes partidarios de Morsi y por otro fuerzas de seguridad y residentes locales, se utilizaron armas de fuego y hubo víctimas en los dos bandos.

Los seguidores de Morsi también han agredido a cristianos coptos, en evidente represalia por su apoyo al derrocamiento del ex presidente. Han saqueado e incendiado iglesias por todo el país, en una demoledora oleada de ataques.

En Fayum, a unos 100 kilómetros al suroeste de la capital, vi los restos calcinados de iconos en una iglesia con siglos de antigüedad. Otra iglesia en la cercana localidad de Nazla fue saqueada e incendiada horas después de comenzar la dispersión de las concentraciones favorables a Morsi. Las paredes estaban cubiertas con pintadas como “que se jodan los cristianos” y “no hay más Dios que Alá”. Otras pintadas en casas de cristianos aludían a los “hermanos” muertos en los recientes actos violentos, y apenas dejaban dudas de que los ataques eran una forma de represalia por la represión contra los manifestantes favorables a Morsi.

Un cristiano que vivía allí me preguntó: “¿Por qué los cristianos siempre tenemos que sufrir las consecuencias cada vez que hay un problema? ¿Qué tenemos que ver con lo que ocurre en El Cairo para que nos castiguen de esta manera?”.

El equipo de Amnistía Internacional en Egipto se ha visto atrapado en este clima de profunda polarización, desconfianza y xenofobia, instigada y fomentada por medios de comunicación privados y oficiales. En los lugares de los enfrentamientos y otros actos violentos, en los hospitales y en los depósitos de cadáveres, a menudo tenemos que hacer frente a preguntas como:

¿Cuál es su filiación política?

¿Van a contar la verdad o van a mentir, como los demás?

¿Acaso quieren arruinar la reputación del país? ¿Quién los ha enviado? ¿Quién los financia?

Cuando desaparecen la desconfianza y el temor iniciales, la mayoría de las personas acceden de buena gana a compartir sus experiencias.

Por supuesto, hay excepciones. En una morgue, saturada de cadáveres y de familiares desolados, “ciudadanos preocupados” me dijeron que no podrían protegerme de los residentes furiosos con “las organizaciones de derechos humanos y los medios de comunicación occidentales que conspiran para llevar a Egipto a la ruina”.

Para evitar que el país acabe al borde de la “ruina” y se agudice la polarización, las autoridades deben adoptar medidas inmediatas que impidan nuevos derramamientos de sangre. Se debe ordenar a las fuerzas de seguridad que no hagan un uso excesivo de la fuerza. Deben demostrar que están adoptando medidas concretas para proteger a toda la población egipcia, especialmente a los cristianos coptos, frente a la violencia. Además, las autoridades deben llevar a cabo una investigación imparcial e independiente sobre los abusos contra los derechos humanos cometidos la semana pasada. Las personas responsables de estos abusos deben ser procesadas en juicios justos, independientemente de su rango o filiación política.

En caso contrario, esta situación dejará profundas cicatrices en el tejido social egipcio y el ciclo de abusos contra los derechos humanos continuará.

Más información

El reciente derramamiento de sangre pone de relieve la necesidad de detener las transferencias de armas a Egipto (comunicado de prensa, 20 de agosto de 2013)
Egipto: El gobierno debe proteger a los cristianos de la violencia sectaria (comunicado de prensa, 20 de agosto de 2013)
Líderes de derechos humanos piden a las autoridades egipcias que actúen (comunicado de prensa, 19 de agosto de 2013)
Urge una investigación imparcial sobre el terrible derramamiento de sangre de Egipto (comunicado de prensa, 16 de agosto de 2013)

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