La lucha por la supervivencia tras un derribo de viviendas en el valle del Jordán

Shirin Salamein's children in their home in village of Hadidiya in the occupied West Bank ©Amnesty International.

Los hijos de Shirin Salamein en su casa del pueblo de Hadidiya, en la Cisjordania ocupada. ©Amnistía Internacional

Nancy Hawker, adjunta de investigación y acción del Programa Regional para Oriente Medio y el Norte de África de Amnistía Internacional.

“¡Cuidado! ¡Vienen las excavadoras y los jeeps!”

Shirin Salamein oyó el aviso de una de sus vecinas cuando terminaba de ordeñar sus cabras y ovejas cerca de su casa. Shirin vive en el pueblo de Hadidiya, detrás del asentamiento ilegal israelí de Roi, en la Cisjordania ocupada.

“Estaba a punto de empezar a hacer queso y no hubo tiempo para sacarlo todo —nos dijo—. Los niños, el ganado, la comida: no tuvimos tiempo. Las ovejas estaban esparcidas por todo el terreno. Tuvimos que reconstruir todo. Gracias a Dios, sobrevivimos.”

Hadidiya, en el norte del valle del Jordán, es el lugar de residencia de unas 150 personas. Los pastores locales viven en tiendas y chozas, y se ganan el sustento en la tierra rojiza y pedregosa.

La familia de Shirin se ha acostumbrado a las demoliciones. El ejército israelí derribó sus casas y construcciones dos veces en el verano de 2013, y cuatro veces antes de eso.

La joven madre me invitó a entrar en su tienda y conocer a su familia. La “habitación” estaba cruzada por cuerdas donde colgaba la ropa lavada y húmeda. En el suelo había un colchón y, bajo una pesada manta, dos niños de corta edad.

Cuidar a sus hijos no está siendo fácil, sobre todo en el calor del verano, cuando derribaron su casa.

Hadidiya está en la Zona Z, que abarca el 60 por ciento de Cisjordania.

Según el ejército israelí, las sencillas chozas, las tiendas y los corrales son ilegales porque no se atienen a los planes israelíes para la zona, que está totalmente bajo jurisdicción militar.

Los residentes palestinos no tienen ni voz ni voto en las decisiones sobre la planificación de la Zona C, que benefician a los asentamientos exclusivamente para judíos. Este año, hasta la fecha, el gobierno israelí ha sacado a concurso la construcción de más de 1.000 viviendas nuevas.

Según la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU, en 2013 se derribaron allí 565 estructuras. Más de 800 personas perdieron su hogar.

Una de las demoliciones más recientes se realizó el 3 de diciembre, tres días antes de nuestra visita.

Mientras tanto, los asentamientos israelíes de las proximidades de Hadidiya presumen de sus hoteles, sus extensas tierras de cultivo y sus casas de campo de rojos tejados.

Pero pese a los esfuerzos de Israel de expulsar a su comunidad, Shirin valora su estilo de vida. Ella y otras mujeres de la comunidad tienen un papel esencial en su economía, basada en la producción de derivados lácteos y cárnicos que venden en el mercado de la ciudad más grande de las proximidades, Nablús, a unos 20 km.

Para subsistir, la comunidad necesita usar los prados de las colinas de Hadidiya. Por eso los residentes se quedan en el pueblo a pesar de las violaciones de derechos humanos que cometen las autoridades israelíes, como los obstáculos para acceder a servicios de salud habituales.

El segundo hijo de Shirin sufre parálisis cerebral severa: tiene que ser atendido en el calor del verano, durante los derribos, y ahora Shirin trata de protegerlo del frío durante las lluvias del invierno. Nació en un hospital de Jerusalén después de que los vecinos lograsen que una ambulancia militar trasladase a Shirin hasta allí.

Pero desde que nació, Shirin no ha podido conseguir un permiso de viaje para que reciba el tratamiento que tanto necesita.

“No ha habido más tratamiento para mi hijo desde que nació; está en las manos de Dios”, dice.

Shirin también sufrió las consecuencias de la prohibición de los viajes cuando nació su tercer hijo y su familia tuvo que negociar con el ejército israelí para que permitieran que una ambulancia la llevara al hospital, en la vecina ciudad de Nablús. La ambulancia palestina sólo pudo trasladarla junto con una escolta militar israelí.

En Hadidiya, enero es la temporada en la que las colinas están verdes y el ganado produce más leche. Pero también es la “temporada de derribos”. Todos los edificios de la comunidad están en peligro y cada día es una lucha.

“Cada día ordeño al amanecer, empiezo a hacer queso, luego preparo el desayuno, luego lavo la ropa y limpio las casas. Me paso todo el tiempo mirando afuera por si va a haber un derribo. El mayor problema aquí son los derribos”, dice Shirin.

Según el derecho internacional, los asentamientos israelíes de los Territorios Palestinos Ocupados son ilegales y está prohibido el derribo de propiedades palestinas salvo que sea absolutamente necesario para las operaciones militares.

Pero en Hadidiya, las autoridades israelíes están decididas a derribar sus casas y el derecho internacional.

Más información:
Israel y los Territorios Palestinos Ocupados: El ejército israelí destruye viviendas por sexta vez (Acción Urgente, 8 de julio de 2013)

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